viernes, 5 de julio de 2013

LA MEMORIA

EL CENTRO Escribe Stella Maris Gil * Una joven de las décadas del´60 y ´70 devenida hoy en señora de cinco décadas me dijo en alguna oportunidad: “Cruzaba la avenida Moreno y comenzaba el paseo, los cines, las tiendas y los helados en La Cipriana”. La señora de hoy brindó una estampa urbana y en especial las calles 9 de julio en su primera cuadra y Colón al 200, las que trajinaron los abuelos y bisabuelos actuales, que no tiene que quedar en el olvido pues es parte del imaginario de los tresarroyenses. Esa ciudad de mediados del siglo XX tenía un centro comercial muy activo, con algunas sucursales de empresas de Buenos Aires y con emprendimientos de origen local. El tiempo cambió a algunos negocios de lugar, otros derivaron en diferentes rubros, otros cerraron para siempre. Pero el Centro fue y es lugar de atracción y punto obligado de compras, sector recorrido por gran parte de los vecinos de una ciudad que de a poco se fue extendiendo más allá de las avenidas que la limitaban, con pleno afianzamiento de los nuevos barrios, algunos de cuyos vecinos tenían al Centro como paseo dominguero. LUGAR DE ENCUENTRO Llegar al Centro y no entrar a La Cipriana era casi imposible. Por ejemplo las adolescentes festejaban el fin de clase en ella, los novios hacían sus planes saboreando helados. Fue sitio concurrido en todas las estaciones del año, puesto que en verano se vendían los helados y con el frío no había nada que superara las pizzas, o los churros o los submarinos. ¡Qué placer! El local estaba ubicado en 9 de julio 54. Cuando entrabas te encontrabas con un largo mostrador de mármol siempre reluciente y ahí nomas te sentabas en los altos taburetes redondos de madera tipo trípode y comenzabas a pedir sus delicias. Todos los productos eran elaborados en la parte de atrás del local. Allì estaba Belza, su dueño y fundador, en trabajo y supervisión constante. Cuenta su nieta que por un largo pasillo del costado entraban los insumos. En cierta ocasión al levantar la tapa de uno de los tarros donde traían la leche en el carro, directamente de los tambos se encontró con que había una mosca, por lo que volcó totalmente su contenido. Higiene al máximo y a saborear aquellos panqueques con dulce de leche y su especialidad los MILK SHAKE o sea un batido de banana y leche. Hasta allí llegaban los cinéfilos que cumplían con aquel dicho “sábado a la noche…cine”, sin olvidar que había fuciones durante toda la semana. La otra opción era ir a la confitería La Perla ubicada en sus inicios en Colòn 284 propiedad de Serafín Gilabert. En el intervalo de las dos películas que se ofrecían, los espectadores se cruzaban a tomar un cafecito en su salón de té acompañado con alguna de sus especialidades: merengues Chantilly o masas frescas. Parte del mobiliario aún se conserva en La Perla actual, como son sus carameleros y el cartel de entrada por calle Irigoyen. VAMOS DE COMPRAS Los vecinos tenían en general su tienda predilecta para comprar lo que necesitaban. Sin embargo caminar, mirar y comparar eran acciones convertidas en paseos. Hay marcadas diferencias con los negocios de este siglo XXI donde cada negocio tiene su especialidad y se impone el marquismo. Ya citamos en el artículo anterior a Gath y Chavez pero también había otros negocios como Casa Arteta en la esquina de Colón e Independencia (hoy Hipólito Irigoyen) con un frente de 50 por 20 metros, una de las 16 sucursales con las que contaba la Central en Buenos Aires propiedad de Arteta y Alvarez inmigrantes españoles. Fue inaugurada en 1938 en su transitorio lugar de Chacabuco y Maipù hasta que se terminó de construir el edificio de Planta Baja para el negocio y de departamentos en el Primer Piso que aún se mantiene en pie. Odasso su último gerente cuenta que tuvo una época en que llegaron a trabajar 60 personas, lo mismo que en Aduriz “era cuando no existían las boutiques. La gente que venía del campo se pasaba el día, comprando, porque lo hacía para cubrir las necesidades para todo el año, se hacía publicidad en los campos, en la ciudad, con boletines, se repartían cuadra por cuadra y se iba al campo con vehículos”. “Estaba dividido en ocho secciones: mercería, perfumería, ropa de hombre, lencería de damas, ropa blanca, telas, toallas, valijas…era un rubro extenso”. Las mayores ventas se daban en la sección calzados y en especial las zapatillas. Con respecto al personal agrega que era ”un grupo maravilloso, cumplidor al máximo, muy eficiente, había que trabajar con corbata y camisa y a veces con saco”. Las liquidaciones provocaban en los negocios aglomeración de gente en las veredas. Durante el fin de semana se exhibían las ofertas y el lunes una vez ubicadas en las largas mesas, se permitía la entrada a la totalidad de la gente. “Realmente eran precios que llamaban la atención, había que renovar para dar paso a lo nuevo…eran verdaderas liquidaciones”. Arteta cerró en 1990. La dinámica de las tiendas de antes con la variedad de productos que ofrecía, permitía comprar en el mismo lugar todo lo necesario para la indumentaria personal y para las necesidades del hogar generando una clientela fija en cualquiera de las tiendas de ese sector de la ciudad que también competían entre ellas, caso Aduriz, por ejemplo, pero como dice Odasso “competencia suave, había que defender los costos, llamar la atención de alguna manera”. LA COTIDIANIDAD El empleo era estable y muchos llegaban a cumplir sus 30 años de trabajo en el mismo lugar a pesar de las crisis económicas que se aliviaban desde el Sindicato de Empleados de Comercio con su mutual y otros beneficios. Las huelgas realizadas a través del tiempo generaron diferencias entre muchos asalariados puesto que no todos se sumaban a ellas. En muchos casos las puertas se cerraban para evitar enfrentamientos mayores entre pares. El paisaje del Centro siempre estaba animado. Junto al público trajinaban las bicicletas de los cadetes, llevando y trayendo paquetes, o limpiando vidrios. Ser cadete casi adolescente era el punto de partida para los trabajos del futuro en alguno de los negocios de la ciudad, era tener por fin una entrada económica, era la necesaria entrada al mundo laboral. Pero también por allí andaban los pícaros, como asevera Nora Jorgensen. Había empezado a trabajar en Los Cracks, ubicado en la calle Colón 236, el 1ª de agosto de 1962 y estaba afiliada al gremio bajo el número 2242: Cuenta: - “Una vez rompieron la vidriera y vino la policía…también había estafadores que rondaban el Centro y con diversos ardides tipo “cuento del tìo” se alzaban con unos buenos pesos. Generalmente llegaban de otras ciudades y en muchas ocasiones los gerentes avisaban a la zona para apresarlos. “Eran tan habilidosos que no te dabas cuenta del robo hasta que hacías la caja en el cierre”. Los Cracks se dedicaba especialmente a la ropa de hombre de todo tipo aunque incorporó ropa de mujer en algunas etapas de su existencia. Allì trabajaban dos vendedores, la cajera, el gerente y el cadete. Luego los dueños lo vendieron y siguieron al frente dos de sus empleados EL CENTRO El centro sigue activo, algo cambiado. A través del tiempo, si observamos antiguas fotografías o recurrimos a la memoria de los bisabuelos siguen resonando nombres. Entonces si hacemos un ejercicio de memoria y nos decimos –¿Qué había allí? ó ¿Qué había debajo de los edificios horizontales en la época que la ciudad era plana?. Si nos salimos del radio recorrido en este artículo y del tiempo y vamos al 100 de Colón. En la base del edificio Cosmos estaba la famosa “Las Antillas”. Allì había de todo dice Pirucha: “discos, caramelos, bombones, cosas de bazar, juguetes, muñecas”. “De acuerdo a lo que comprabas te daban un caramelo, si la compra era mayor recibías un bombón”. Al lado estaba “El rubio” que anexaba un salón de lustrar calzado, como también disfraces que alquilaba en los corsos, entre ellos los dominò “capa con capucha para hacer de mascarita”. Era otro paisaje urbano. El paseo terminó, cortito pero intenso. La rueda del tiempo seguirá girando.

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