miércoles, 30 de julio de 2014

Crónicas difíciles



La memoria

Crónicas difíciles
Escribe Stella Maris Gil
-Hay una certeza muy asumida que dice “Pobres habrá siempre”. Preocupa la misma y a veces es mejor no pronunciarla por todo lo que ella implica sobre todo en la infancia.
Vasta solo una mirada en el tiempo y en nuestro espacio y un sacudón nos agita.
Así me pasó cuando ojeaba la Memoria y Balance de la Municipalidad de Tres Arroyos en 1933. La comparto. En la página 58 se refiere a “La Desocupación”. En ella el Intendente Sebastián Bracco  por decreto pide ayuda a los comerciantes para la olla popular. En los fundamentos se lee: “La afligente situación de una gran masa de obreros, que no pudieron contar con ninguna clase de trabajos y sin ningún recurso para atender su sustento…”. “A fines de año, en vísperas de los trabajos agrícolas el número de desocupados se vio enormemente aumentado por la afluencia de obreros de otras zonas”. Parece ser que el lugar de refugio eran por las vías del ferrocarril o las afueras del pueblo, de ahí iban al centro de la ciudad a deambular “por sus calles postulando de puerta en puerta y solicitando una ayuda para saciar sus necesidades más apremiantes…provocando un espectáculo que afecta … y perturba…”.
La olla popular se instaló donde hoy están los monoblock frente a la plaza Francia, calle Vélez Sarsfield, sede del Corralón Municipal “llegó a despachar más de 800 raciones diarias”.
En el otro extremo del pueblo la estadística dice que entre los años que van de 1924 a 1933 hubo 9.533 pobres internados en el Hospital Pirovano.
No sabemos por dónde andarían los hijos de estos sufrientes.
En otras páginas hay un ítem denominado Pagado para Beneficencia donde se nombran subvenciones para el Asilo de Ancianos, el Refugio de ancianos y el Orfanatorio Evangélico.
Nos detenemos en esta institución .Aquí sí podemos cronizar vidas de chicos.
Un ex pupilo
Encontrar un  bebé abandonado en las escalinatas del Internado, conocer la larga lista de niños que eran dejados por que la madre trabajaba y a la noche o el fin de semana recién podía buscarlos; sentir la tristezas de huérfanos y de tantas otras cuestiones es una problemática muy dura de sobrellevar. Lo asevera también Carlota Llamosas de la comisión de la Asociación del Menor y la Familia cuando dice: “O no tenían familia, o tenían una familia que no los quería o una familia golpeadora o familia abusadora, familias ensambladas, chicos muy golpeados, chicos a los que el juez los sacaba de la casa para poder corregir algo, cambiarles algo…”. También en nuestra ciudad el Orfanatorio, luego denominado Hogar de niños El Amanecer vivía muchas de esas circunstancias.
¿Cómo sería la vida allí adentro?. Nada mejor que escuchar el relato de un antiguo pupilo:
“Nos pusieron en el año 1940, éramos 3 hermanos…el hogar estaba hecho apropiado para tener los chicos, dos, tres o cuatro por dormitorio. En ese tiempo era mixto, hasta el año 1957 apróximadamente.” “Después no tomaban nuevas chicas cuando se fueron haciendo grandes”.
“Estuve hasta los 18 años”.
“Nos levantábamos a las siete de la mañana, abríamos la cama, bajábamos al baño, los cepillos  de dientes, estaban colgados de una varilla, era como un tenderero, se bajaba y se subía. Cada uno teníamos un número, puesto en el cepillo y nos iban poniendo el dentífrico para higienizarnos. Tocaban una campana para formar fila, con dos campanas empezábamos a entrar; teníamos que mostrar la higiene de las manos y de ahí pasábamos al comedor, desayunábamos con mate  cocido y teníamos un pequeño devocional después… Naturalmente alguna vez tuve deseos de comer más, pero igual nos alimentaban bien. De la granja traían la leche". Se refiere a la chacra que el Orfanatorio poseía en el km 500 de la ruta nacional N°3. “Lo esencial no nos faltó”.
Los chicos, en grupo, rotaban para ejecutar las tareas domésticas diarias “aprendimos a lavar los pisos, una semana estábamos en la cocina, otra en el comedor, otra en los dormitorios. Las camas las teníamos que tender todos los días”.
Iban a la escuela 29, en la calle Cangallo y en los tiempos en que no había matrícula para 5° y 6°grado continuaban sus estudios en la escuela N° 1. El Hogar tenía una imprenta y en ella aprendieron muchos  un oficio.
Siempre fueron “los del Orfanatorio”, aquellos chicos con otra forma de vida. Los muchachos del barrio a veces saltaban el paredón para jugar a la pelota y allí todos eran iguales, hasta que cada uno volvía a su casa.
 ¡Ese paredón tan singular!. “Teníamos que festejar la Navidad y muchas veces lo hacíamos, mirando por arriba del corralón, viendo como la festejaban en las casas”.
A la escuela llegaban con sus delantales, pero no llevaban zapatos  como sus compañeros. “Recuerdo un día, nos formábamos, tomábamos distancia y entrábamos al aula. Mis alpargatas estaban rotitas y la señora maestra me las miró y dijo ¡pobrecito!”.
Los recuerdos son de Roberto Góngora, un hombre agradecido a quienes  le ayudaron a vivir honestamente. Tiene una larga lista de sus hermanos del corazón: Nebel Pereyra, Rivas, Maciel, Sanchez y muchos otros, algunos se esfumaron en el tiempo otros todavía están cerca.
Los niños hoy son adultos, el tiempo no abolió sus recuerdos, sus extrañezas, esa mamá que no está, ese juguete soñado.
Tiempo después
Corría la década de los 90´ y seguían los dolores sociales. El Hogar San José de la avenida Libertad tenía una comisión de Apoyo. A ellos llamó el intendente Correa para que organizaran la atención a niños abandonados. Él decía que sus orígenes eran humildes, por eso, porque lo había vivido, buscaba soluciones a los problemas.
Así comenzaron Los Pequeños Hogares con un grupo de seis hermanos y luego ocho, con una mamá deficiente mental y padres desconocidos.
Recoger datos para la crónica es una tarea azarosa. Pero la llegada de los chicos citados son la muestra de lo que hay detrás, lo oculto.                                                                                                             Los testimonios lo dicen “Tuvimos una familia que vivía debajo de un árbol. Los padres eran laburadores. En poco tiempo conseguimos donaciones de ladrillos, chapas, puertas, ventanas, de todo un poco. Pedir y pedir. En sábado y domingo ellos mismos se hicieron un galpón grande y en él pudieron guarecerse”.
“Un día recibimos un bebé que pesaba 800 gramos y tenía un año y medio. Imaginatelo. Una empleada del Hogar se hizo cargo de él, solo por amor. Había que darle alimento con goteros, si le dabas más era malo, si le dabas menos era malo. Contra todo vivió. Venía de una matriz alcohólica. Sus padres reaparecieron y se lo llevaron”.
Cuentan que al Jardín de Infantes Frutillitas dependiente de esa Asociación venían faltando dos hermanitas. Fueron hasta su domicilio. “La casa estaba con un techo de chapa, y dos paravientos también de chapa en dos lados. El otro era la pared de un edificio antiguo y adelante una entrada con arpillera o una frazada, no recuerdo”. En un minúsculo cuchitril se encontraron a la mamá “tirada en un jergón, terminando su aborto y las nenas estaban con los pelos parados, todas sucias, todas con sangre. Llamé a la ambulancia y la llevaron al hospital y nosotros partimos con las nenas para el Jardín. Ahí las despiojaron, las lavaron, les cambiaron la ropa. Después volvieron con su madre…”.
Dentro de los Pequeños Hogares se repetía mucho de las angustias de afuera. Chicos violentos, posibilidad de escapes, destrozos del edificio, reniego de ir a las escuelas. Alguna vez una niña presa de su furia “agarró un cuchillo y empezó a amenazar y a romper todo”. Tiempo después, ya veinteañera, reapareció solo para saludar, se le había tramitado el alquiler de una casa para ella sola. Entre medias sonrisas decía:- ¿Viste lo flaca que estoy. Ahora me baño todos los días.
-¿Te gustó?
-Sabés que pasa, que si yo antes me bañaba se venían todos los hombres y algunos más para verme desnuda…”                                      
Hechos que se repiten, vividos también por la que escribe, que tuvo que cubrir a sus pequeños alumnos, pues uno de sus compañeros, ubicado dentro del grupo de los irregulares sociales, como estaban clasificados, en un momento,  escapó a la cocina robó los cuchillos que allí había y comenzó a lanzarlos al grupo.
Siguen las crónicas, con estas vidas que a veces pudieron superar las miserias de “su ambiente”.
Revolotean frases perdidas  por las calles tresarroyenses: -¿Vos no sabés cuando viene mi mamá?. - ¿Y papá qué está haciendo?.
No había mucho que contestar, solo un –Bueno, ya va a venir.
Las chicas del Asilo
La orfandad está en todos los tiempos, chicas carentes de hogar, desprotegidas. En 1927 las Hermanas de la Congregación hijas de Nuestra Señora de Lujan” fundan  el Hogar San José”.
“… atendían a 40 niñas provenientes de la ciudad y distritos vecinos, ya que no existía en la zona otra institución que se ocupara de estas problemáticas. Las niñas permanecían en el Asilo, algunas por semana, otras por mes y las menos en forma permanente, siendo el caso de éstas: no tener un hogar constituido. La enseñanza primaria, en un principio, fue impartida por las religiosas, luego fue delegada a la Escuela oficial N° 21; en sus salidas, todas usaban su uniforme (guardapolvo beige o celeste)”. La diferencia se notaba entre los alumnos eran “las chicas del Asilo”. El 15 de Marzo de 1967, se establece el Colegio Hogar San José,  que va a ser  el contenedor educativo  de esas muchachas.
Crónicas
La pobreza es hambre, abandono, dolor físico, soledad y mucho más. Pobres habrá siempre ¿será cierto?. Indiferencia también ¿O no?. Y ¿continúa …?
IMÁGENES
1)   La artista plástica Norma Poggi, de la Comarca Serrana de Ventana desde sus creaciones recrea la problemática de estas crónicas.
2)   1953: Los niños  convertidos en jóvenes aprenden un oficio en la imprenta del Orfanatorio.
3)   Momentos compartidos en el Asilo
4)   1959 (aproximadamente). Cena de ex pupilos en el Centro Danés
5)   El demolido edificio del Hogar del Niño El Amanecer en la calle Rocha





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