viernes, 31 de julio de 2015

GUERRAS, JOTAS Y AÑORANZAS


Ciertas cavilaciones me llevaron a acercarme, a hechos en apariencia diferentes, pero que en verdad coinciden entre sí.
Me sigue conmoviendo la Guerra Civil Española en los años 1936 a 1939. La crueldad, las confusiones, el horror. Recuerdo a mi abuela materna, inmigrante del pueblo de Valdeteja, provincia de León, Castilla la vieja, con la que conviví hasta los 18 años quien, me contaba que iniciada la década del 40, mandaba en forma periódica a sus familiares de España, encomiendas con ropa y alimentos, y que un día dejaron de llegarle sus respuestas y no supo nunca más sobre ellos.
Tengo en mis manos el emocionado discurso testimonial que una ex concejala tresarroyense y ex alumna mía expresó en una celebración del Día del Inmigrante.
Registro que el Club Español de Tres Arroyos está de festejos por sus ochenta años de existencia. Todo se concatena y me pongo a hurgar en los "llegados", los que a lo largo de diferentes épocas, se fueron estableciendo en estos lugares. 
En este caso algunos de los afectados por esa guerra entre hermanos cuyo balance final fueron 90.000 nacionales y 110.000 republicanos muertos en combate y de un millón de inválidos permanentes. Esa contienda que inmortalizó Picasso con su rabia y su prodigioso pincel en el "Guernica".
Una española en Tres Arroyos
Victoria Pilar García de Larriestra arribó a la América en 1951 junto a Lola, su madre. Se habían embarcado en el puerto de Bilbao en el barco Monte Udala. El viaje duró casi cuarenta días. Ella iba abrazada a la muñeca, que le habían regalado para que no se olvidara de su España, pero la chiquillada en medio de sus juegos se la tiraron al mar. Sin ella, pero incorporada a su memoria, siguió hacia el exilio. A su llegada las esperaba su padre, César García, que hacía algunos meses se había radicado en Tres Arroyos donde trabajaba junto a su hermano José María, titular del negocio El Cantábrico, una casa de materiales de construcción en la calle Pedro N. Carrera 225/31.
Se hospedaron en los primeros tiempos en el hotel Las Dos Marías, cuyas paredes centenarias aún se mantienen en Colón y avenida del Trabajador. Era el lugar de residencia y reunión de muchos inmigrantes, en especial españoles arribados muchas décadas atrás. Allí, mientras buscaban trabajo y residencia, tenían por costumbre realizar fiestas para rememorar con cantos y bailes peninsulares al lejano terruño y a la vez, saborear la fabada asturiana.
Aquí nacieron sus otros dos hermanos, Celso y Nélida. Los primeros tiempos fueron difíciles pero pudieron construir su propia casa y darle estudio a sus hijos. Recibida de maestra, tuvo que adquirir la ciudadanía argentina para ejercer la docencia. Al jubilarse volvió a rehacer la ciudadanía española. No había olvidado su tierra natal, el pueblo de Sotrondio en el barrio de La Venta en Asturias, ni a su abuela Consuelo, madre de 7 hijos, muchos de ellos perdidos por muertes y ausencias. Esa abuela vestida siempre de negro que se deleitaba cuando la pequeña Victoria bailaba la jota para ella.
Aunque emigró a los tres años, el paisaje de su terruño se transformó en imágenes fijas de su memoria: la casa natal, junto a la de su tía y su abuela, la última de las cuales fue partida en dos por la avalancha que produjo la autopista que se construía en el cerro donde se apoyaba la vivienda; son imborrables esos valles entre montañas y las hileras de los lugareños rumbo al trabajo en las minas.
Republicanos
Precisamente su padre era un trabajador en las minas. Su hija conserva el carnet de seguridad. Durante la guerra civil y también en los años siguientes, César García junto a uno de sus hermanos vivió tiempos tormentosos por su ideal republicano, que se oponía a la política de Franco, nombre que para sus descendientes se torna innombrable por las matanzas y furias desatadas en España.
En el diario La Voz de Asturias del 11 de julio de 1993 se lee: "El no es uno de los indianos que fueron a América a hacer dinero con el que aliviar la precaria economía de posguerra de la mayoría de los hogares españoles. Perteneciente a una familia en la que las distintas ideologías dividieron los corazones, tuvo que huir para sobrevivir... Acusado de pronunciar un mitin favorable al partido republicano, César fue condenado a muerte y su pena cambiada luego por la de 30 años de cárcel. Sucesivas ayudas de familiares pertenecientes al bando nacional transmutaron esa pena por la de 15 años, y finalmente cumplió algo más de cinco".
Salir de la cárcel con la condena cumplida no mejoró las cosas para él. "Cada vez que a alguien le daba por escribir un viva a la República le detenían a él", explica uno de sus sobrinos... "de las palizas no lo libraba nadie", y "siempre venía sangrando por la espalda".
"Ante esta situación, sus familiares deciden que ha de salir del país. Uno de sus hermanos le reclama desde Argentina, pero no puede salir de España con su nombre, por lo que utiliza la documentación de su hermano Ricardo. Decía Me teñí el pelo para parecer mayor y asemejarme a mi hermano. Mi documentación era la cartilla de racionamiento, así que dejé a mi hermano y su familia sin ella".
Cuando pudo salir de la cárcel, luego de varios atajos, estaba irreconocible por la tortura que había soportado.
El exilio lo esperaba y Tres Arroyos también. Muchos años después volvió a España como paseante, ya anciano, a visitar a su hermana Olvido y al resto de sus primos y tíos.
El horror había quedado atrás pero la memoria seguía vigente. Dice Victoria: "Hambre, pestes. Al pueblo llegaban camiones repletos de cadáveres y los pobladores se acercaban hasta el camión para reconocer a sus seres queridos".
En Tres Arroyos los republicanos fundaron su centro en la calle Colón al seiscientos, frente a la desaparecida bicicletería de Barrio. Los enfrentamientos peninsulares no repicaron, no hubo luchas, y aquí se pudo convivir y compartir actividades y diversiones. Alguna vez, la presencia de la bandera republicana en alguna de las romerías que se hacían en el parque Cazala provocó cierto resquemor, o alguna discusión acalorada, pero la cuestión no llegó a mayores ni alteró la paz lugareña.
El paño tricolor rojo, amarillo y morado con el escudo sin coronas reales habrá vuelto al desván de los recuerdos.
No se registraron enfrentamientos, como por ejemplo en la ciudad de Buenos Aires. Allí, de bar en bar en la avenida de Mayo o de vereda a vereda, las rivalidades se hacían sentir aunque no llegaban a mayores.
Muy pocos regresaron a España, se volvieron "indianos" como los denominaban en la Península. 

Los nombres
La abuela de Victoria García, Consuelo, fiel a su nombre murió en tierra española tal vez abrazada a sus recuerdos teñidos de sangre y de ausencias.
La tía llamada Olvido pudo extender sus brazos ante la llegada de su hermano César en 1993, contradiciendo su nombre, pues siempre lo recordaba.
César murió dos años después de aquel viaje allende el Atlántico, en el Tres Arroyos que le dio trabajo y familia. Lo único que no soportaba era sentir que nombraran a Francisco Franco, pues todavía le corrían por la piel huellas de la tortura. Por eso siempre se negó a volver a España, hasta con varios subterfugios, entre ellos el cobro de la indemnización por combatiente. Sus familiares lo convencieron y allá volvió, a una España muy distinta, desde el punto de vista político, a la que había dejado en su huida.
Dice Victoria que el primero que se afincó fue el tío José María García. Hubo otro hermano que se fue a la Patagonia y de él no se supo más nada. Nombra a algunos del pequeño grupo de republicanos que llegó a Tres Arroyos: Corrales, López, Uribe, Palacio...
Su hija Victoria guarda celosamente su historia y también la de su mamá Lola. Aquí encontró consuelos y casi ningún olviDO.

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